
«Emprius», artículo de Margalida Ramis en «Ara Balears»

Artículo de Margalida Ramis, activista ecologista mallorquina, publicado el 12 de agosto en «Ara Balears».
En una época marcada por emergencias ecológicas crónicas, desigualdades sociales y barbarie crecientes, y la vulnerabilidad de los sistemas y cadenas globales de producción, la reflexión sobre el territorio, la gestión de recursos y la soberanía colectiva se vuelve urgente y fundamental para trazar presentes que nos lleven a futuros más justos, deseables y vivibles, y esto pasa necesariamente porque estén arraigados, sembrados, relocalizados en la tierra propia, la que pisamos, la que verdaderamente nos sostiene y podrá sostenernos. En este contexto, los terrenos, los valores y el trabajo comunal requieren una atención especial, una mirada para engendrar posibilidades y revisitar imaginarios colectivos que hayan sabido funcionar de otra manera.
Como explica David Algarra en su artículo «Boscos comunals dels Països Catalans» publicado en la revista Caramella, existió durante siglos una extensa red de bienes y una cultura comunal potente y arraigada en nuestro territorio: bosques, prados, pastos, fuentes, garrigas, caminos y tierras, gestionados colectivamente por las comunidades locales. No estaban destinados al lucro, sino a garantizar la subsistencia de todas las familias. El derecho de empriu –de uso colectivo– permitía aprovechar leña, pastos, frutos silvestres, agua o tierras de cultivo, todo bajo reglas de conservación y aprovechamiento decididas colectivamente. En Mallorca, topónimos como la comuna de Lloret, la comuna de Caimari y la comuna de Bunyola, entre otros, son vestigios de ese pasado vivo y colectivo.
Algarra explica también que este modelo de gestión sufrió un desmantelamiento sistemático. Con la consolidación de los estados liberales modernos, las tierras comunales fueron parceladas, vendidas o apropiadas por las oligarquías locales. A través de procesos como las desamortizaciones del siglo XIX, la privatización de lo común se convirtió en norma. La idea de propiedad colectiva fue sustituida por la de propiedad privada absoluta. Una propiedad privada que ahora se ha vuelto «sagrada» por las políticas ultraneoliberales que afectan a nuestro territorio. Así es como se rompió de manera profunda con las formas comunitarias de vida, apoyo mutuo y sostenimiento de la vida que habían caracterizado el mundo rural durante siglos también aquí en Mallorca, por impensable que nos pueda parecer, dada la época que vivimos y lo rápido y devastadoramente que se ha borrado de la memoria colectiva.
Y es precisamente ahora, cuando el territorio, en las Islas, está a punto de sufrir una de las acometidas especulativas y destructivas más bestiales de la historia –al materializarse las consecuencias de la gran amnistía impulsada por el Gobierno PP-Vox y la Ley de las reservas estratégicas de suelo. Y en un momento en que, en un contexto más amplio, la crisis ecosocial nos exige repensar las estructuras que sostienen nuestras vidas, la propuesta de recuperar lo común se vuelve una necesidad casi podríamos decir que pragmática. Recuperar tierras comunales, resignificar la propiedad, lo común, la legitimidad de lo común y de la apropiación colectiva de este, podría ser una estrategia clave para hacer frente a las lógicas que continúan impulsando dinámicas de cesión de bienes públicos –ahora, suelo público– para desarrollo y lucro de la iniciativa privada. ¿En qué momento se ha normalizado la irracionalidad manifiesta de pensar que esto puede ser una práctica que revierta las problemáticas sociales y ecológicas de la sociedad del 99% que queda fuera de las dinámicas de acumulación de riqueza que tienden a mercantilizar y monetizar las desgracias –llámalas injusticias, violencia estructural, desigualdades o desequilibrios ecológicos– derivadas de la razón de ser primigenia de estas mismas dinámicas?
La reapropiación de la tierra, la legitimidad de reivindicarla como lo común que es, recuperar, reconocer y reinventar si es necesario, formas de organización y gestión colectiva, recuperar el espíritu del trabajo comunal como forma de participación política, de pertenencia y de cuidado mutuo, se vuelve, en este contexto, un antagonismo radical con la concepción actual del territorio y su gestión, explotación, perversión e instrumentalización. Gladys Tzul Tzul, socióloga maya k’iche’ guatemalteca, define el trabajo comunal como «una forma de gobierno y de resistencia, orientada a la sostenibilidad de la vida colectiva». Y eso constituye una alternativa radical.
Así, nos hacen falta grietas en los muros de la irracionalidad en que hemos convertido la propia razón, que se conviertan en posibilidad de otros mundos, otros territorios, otras sociedades, deseables y posibles, y buscar estas grietas y ensancharlas es lo que hace y mueve la Fundació Emprius con su intención, determinación y perseverancia en la construcción de comunes rurales. Y es lo que promueve con la segunda edición de sus premios Emprius con los cuales quieren reconocer iniciativas de propiedad, uso y gestión comunales y comunitarias por todos los territorios de habla catalana. Iniciativas que se inspiren en la tradición comunal no como hecho arqueológico, sino como semilla de otros presentes y futuros posibles y deseables. Promover los pensamientos y las maneras de hacer críticos para una relación diferente con la tierra, el trabajo y la vida que se contrapongan frontal y radicalmente con los usos privativos, explotadores y lucrativos de aquello que nos pertenece a todos y al cual pertenecemos nosotros mismos, la tierra y la vida misma.
Esta mirada ecosocial, colectiva y arraigada es la que comparten muchas iniciativas que hoy se despliegan en nuestros territorios: cooperativas agrícolas de base comunitaria, proyectos de custodia del territorio, bancos de tierras, agroecología comunal, recuperación de derechos de uso sobre bosques municipales… Proyectos que merecen ser reconocidos, protegidos y replicados. Es imprescindible que estas prácticas no queden en la periferia, sino que se vuelvan centrales en las estrategias de futuro. No solo por su eficacia social y ecológica, sino porque recuperan valores esenciales que nos toca reivindicar: la corresponsabilidad y el compromiso con la vida.
Recuperar lo común es, hoy, un acto de radicalidad y esperanza. Es confiar en que como colectivo somos capaces de reaprender, de inventar, de cuidar lo que nos sostiene y de construir las alternativas necesarias para hacerlo posible.



